Alberto Goldenstein
12 de septiembre – 14 de noviembre, 2026
INFORMACIÓN
DIARIO DEL NORTE (1992)
Mi infancia siempre estuvo ligada al Sur. Mi padre, inmigrante rumano, trabajaba como viajante de comercio cubriendo casi toda la Patagonia. Mi madre nació en General Roca (Río Negro) en la Colonia Rusa, una comunidad de colonos judíos emigrados de la Rusia zarista. Las ciudades patagónicas eran mayormente habitadas por inmigrantes y colonos de diversos orígenes principalmente alemanes, galeses y rusos. Pasé varios veranos de mi niñez en el Sur.
El norte argentino, en cambio, era un misterio para mí: Terra incognita. En mi imaginario aparecía como la contracara de la Argentina del Rio Colorado hacia abajo. A los bosques y lagos de verdes y azules profundos, se contraponía un paisaje marrón, seco, y un sol impiadoso. Era la Argentina originaria, la de los pueblos evangelizados pero a la vez devotos de la tierra y sus deidades. La Argentina mística.
En 1992, inspirado por la lectura de los diarios de Edward Weston en las que el fotógrafo modernista norteamericano relata sus viajes a México en la década de 1920 atraído por su luz y su cultura, decidí aventurarme con mis cámaras y varios rollos para perderme por pequeños pueblos de Salta y Jujuy. En esa época el turismo en la zona era casi nulo y sin infraestructura. Viajé en micro -quería degustarlo km a km-, me alojé en Cachi -Salta- en un cuarto de una verdulería/hostería/bar. En La Quiaca, algo similar. Recorrí y fotografié con la mayor delicadeza y respeto, la que me imponían aquellos paisajes monocromáticos y estructuras minimalistas como también los lugareños, de una gran fineza en su humildad y sencillez.
Los rollos de película Fuji de 100 ASA, se expusieron al sol del norte argentino sacudiendo los iones de la emulsión que se acumulaban en las zonas de brillo enceguecedor y se dispersaban en los negros profundos de las sombras. A mi regreso, las imágenes latentes viajaron por la luz de la ampliadora y se proyectaron sobre el papel Kodak Endura, haciéndose visibles. Finalmente, se revelaron, fijaron y secaron para que permanezcan siempre vivas.
Las exhibidas en esta muestra son las copias cromogénicas originales.
Alberto Goldenstein
Cuando a principios de 1992 Alberto Goldenstein emprendió este, su primer “viaje fotográfico”, acababa de realizar sus primeras dos exhibiciones. Fotografías de Alberto Goldenstein (FotoEspacio del Centro Cultural Recoleta, 1991) y Tutti Fruti (Centro Cultural Rojas,1991) habían irrumpido como un terremoto en el todavía precario ecosistema de la fotografía argentina de comienzos de aquella década. Eran muestras sin tema, donde se mezclaban imágenes del cemento porteño, de los cuerpos que lo habitaban, de su nocturnidad, su vitalidad, sus urgencias. Todo enmarcado por encuadres que parecían querer esconder antes que mostrar, y, sobre todo, atravesado por un color desbordante, brillante y explosivo, mucho más próximo al de algunos de los artistas que entonces merodeaban la escena del Centro Cultural Rojas que al de un fotógrafo documental de su tiempo.
Diario del Norte (1992) parte de ese uso —y abuso— del medio fotográfico, de sus problemas, no para encontrar una solución, más bien para profundizarlos y seguir definiendo un lenguaje propio, un lenguaje Goldensteiniano. Aquí el viaje mismo o cualquier forma de desplazamiento funcionan como tema fotogénico, como exploración artística: ir hacia algún lugar sin saber del todo qué se busca ni para qué. Una excusa para inventarse un linaje fotográfico en medio del desierto.
En ese Norte, Goldenstein se enfrenta con otra materia. Una paleta arenera que parece cubrirlo todo: ocres, tierras, amarillos, los tonos minerales del paisaje y las texturas de la luz rasante. El color se convierte en objeto y en sujeto. Goldenstein toma esos colores del Norte para fundirlos con su mirada deliberadamente iconoclasta, con miradas que se enfrentan directamente a la cámara mientras otras se pierden en su propio infinito. Imágenes que conviven con el silencio: lo enfrentan, lo sostienen, lo disfrutan. Los monumentos aparecen como personas y las personas como monumentos. Enigmas disfrazados de luces, sombras y colores.
Casi tres décadas y media después, esos enigmas vuelven a cobrar forma, entregándose al mundo de las cosas por primera vez, retornan en estas impresiones perfectamente imperfectas sobre papel, sobrevivientes de un tiempo y de una manera de hacer fotografía: objetos hoy irrepetibles, cargados de materia, de caprichos y de tiempo. Puro fetiche, pura aura.
Objetos que esconden y atestiguan un intento -que se vuelve permanente en la obra de Goldenstein- de querer empezar de nuevo, de intentar ver a través de la cámara como si fuese la primera vez. Reto imposible, no por ello impracticable. Y eso mantiene a estas imágenes y a este fotógrafo tan permanentes, tan contemporáneos, tan imprescindibles.
Ariel Authier
Alberto Goldenstein (Buenos Aires, 1951)
Formado en la New England School of Photography de Boston, (1981-1983) Fue creador y curador de la Fotogalería del Centro Cultural Ricardo Rojas / Universidad de Buenos Aires, desde 1995 hasta 2018. En combinación con su tarea docente, conformó un eje de formación para una generación de artistas fotógrafos.
En 2016 se edita el libro “Goldenstein” de la editorial Adriana Hidalgo. En 2018 tuvo su primera muestra retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y un libro catálogo editado por el Museo. Recibió el premio Konex 2022 a las Artes Visuales (Fotografía), en 2023 obtuvo el Premio Nacional a la Trayectoria Artística y en 2025 recibió el premio Fundación Klemm.
Su obra forma parte de las colecciones de Fotografía Contemporánea del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, del Museo Nacional de Bellas Artes, Museo Castagnino-Macro (Rosario), Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), FundaciónLariviére y otras importantes colecciones privadas de Argentina y del exterior.
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